He aquí ya la poesía con el viajero William Mac Cann

Benito PanunziNo me canso de leer viejos relatos, muy poco conocidos y editados, de viajeros que recorrieron mi país durante el siglo XIX, el de su fundación y el de las guerras que costó unificarlo. Pocos de ellos son escritores de oficio. Son más bien comerciantes, viajeros, militares, cautivos de indios que escriben sus experiencias lo mejor que pueden. Leo esos relatos como si fueran, no ya literatura, sino poesía. Son poesía. Y no se trata de que se convirtieron en poesía por la perspectiva histórica, por la lejanía, por esa transformación de la manera de percibir los hechos cuando son lejanos, antiguos, ya literarios. Incluso en ese momento muchos hubo con la consciencia de que habitaban una realidad muy difícil pero muy poética: muy poética por lo muy difícil, o lo muy precaria, a veces similar a la de los relatos bíblicos. Nadie lo expresó mejor que Sarmiento en el Facundo:

¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver… no ver nada? Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde, y lo sume en la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía.

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El viajero inglés William Mac Cann, un comerciante que recorrió el interior del país en tiempos de Rosas, y justo en la misma época en la que Sarmiento componía ese fragmento, supo que era así con sus propios ojos. Tomo un capítulo de su relato y lo comparto, porque si bien se trata de fragmentos en donde habla de peripecias cotidianas, sin ninguna aventura fuera de lo normal para la época, encuentro en esas palabras toda esa poesía a la que se refería Sarmiento: La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte.

Tomado del capítulo VI de Viaje a caballo por las provincias argentinas:

El camino que debíamos seguir corría por un gran albardón que en invierno se cubre de agua. Ahora se hallaba cubierto de pastos muy altos y en tales casos se convierte en guarida de tigres y leones, especialmente cuando hay mucho ganado cimarrón.

Antes de entrar en esos pajonales, nos acercamos a un rancho con el objeto de conseguir un caballo de remuda para el guía. El rancho estaba habitado por una india, de muy buen parecer, y un hombre blanco. Allí nos apeamos para tomar unos mates; estando en ellos se nos acercó una muchacha india, muy joven, de modales dulces e insinuantes y de fisonomía muy atrayente: creo que aun en Inglaterra se la hubiera considerado bonita. Es de saber que en toda la extensión de la frontera el nivel de moralidad sexual es muy bajo; la poligamia está muy extendida entre los indios y la práctica de comprar mujeres contribuye a la disolución de las costumbres; desgraciadamente, el ejemplo de los indios tiene buenos imitadores entre los vecinos cristianos. Mientras estábamos en aquel rancho, pasó por allí una tropa de treinta carretas de bueyes, pertenecientes al gobierno, que conducían provisiones para una reducción india.

A medida que avanzábamos por esa extensión tan salvaje, sentíame impresionado por su soledad y melancolía: ni rocas, ni ríos, ni una loma, ni un árbol, alteraban la monótona y mustia llanada, donde no se veía habitación humana en varias millas a la redonda. Por momentos, la marcha resultaba dificultosa entre aquellos malezales, sobre todo en algunos sitios donde el pasto estaba húmedo a causa de las lluvias. Los caballos se fatigaban en exceso y por la tarde el carguero no pudo continuar; fue menester cambiar la carga poniéndola sobre otra de las bestias. Como en toda la extensión que abarcaba la vista, no se advertía una sola casa, barruntamos que nos esperaba una noche al raso y al descubierto. En verdad, no estábamos preparados para tal aventura y en lo primero que pensamos fue en cómo nos procuraríamos algo de comer; el hambre se hacía sentir porque, el mate, aunque buen estimulante, no es muy alimenticio. Yo era el único que se había desayunado ese día y solamente con un pedazo de pan. No había perdices porque estos animales no frecuentaban  los terrenos anegadizos; además, como estábamos entre un pajonal, ya podíamos buscar un armadillo durante todo el resto del día, seguros de que no lo encontraríamos. El único recurso en casos semejantes, es enlazar una vaca y no tardamos en aprestarnos para ponerlo en práctica. Dos de los compañeros empezaron a preparar sus lazos; uno de ellos montó, el primero, a caballo, y se dirigió a galope tendido hacia una punta de ganado que se divisaba a distancia de una media legua. El ganado se inquietó y empezó a moverse, mientras el jinete se acercaba con dificultad, porque el pasto era alto; por último, alcanzó algunos de los animales que empezaban a desbandarse y se les puso delante con ánimo de hacerlos volver. Con esta maniobra, la persecución resultó de gran interés, porque una mitad de la tropa siguió la dirección que llevaba, hasta perderse de vista, mientras la otra mitad corría hacia el sitio donde estábamos nosotros. Entretanto, don Pepe, que se había puesto a caballo, salió para encontrar el ganado que venía corriendo furiosamente; tuvo tiempo de elegir un animal y logró apartarlo. Era una vaquilla negra como de dos años y muy ligera, que disparó en línea recta, dejando lejos al primer jinete. Como don Pepe había llegado al lugar n poco más tarde y con caballo fresco, sacó ventaja y, dada la posición en que se hallaba, pudo correr de través al animal. Le vimos entonces desenrollar el lazo, espolear el caballo –que aceleró su carrera- y luego revolear la armada hasta que estuvo al alcance de su presa. Le arrojó el lazo con certera puntería; el caballo disminuyó la carrera para soportar el estirón y la vaca rodó entre los pastos que la ocultaron a nuestra vista. Llegó luego el otro jinete, se tiró del caballo, sacó su cuchillo y cesó la contienda.

Yo me interesé por saber a quién pertenecía el animal. -¿Está marcado?, pregunté. Me contestaron que sí. –Entonces tiene dueño, repliqué, y, en buenas palabras, hemos robado una vaca; si nos denuncian, estaremos sujetos a una penalidad.

A pesar de todo, actos de esta naturaleza son tan comunes en la frontera, especialmente cuando la noche sorprende a los viandantes sin que puedan procurarse alimento, que su moralidad no se mide como pudiera hacerse en Inglaterra, aparte el valor del animal, en uno y otro país. Supe después que el haber elegido una vaca negra, se debía a que es el color preferido de los nativos cuando se trata de utilizar el cuero para prendas de montar.

Hallándome cerca del animal muerto y antes de que hubiera terminado de sacarle el cuero, me sorprendió en extremo ver la gran cantidad de caranchos y otras aves de rapiña que volaban hacia nosotros, desde todos los puntos del horizonte. Venían desde tan largas distancias, que era inexplicable cómo el olor podía extenderse tan lejos. En efecto: en todo el ámbito que podía abarcar la mirada de un hombre, veíanse pájaros en vuelo, acercándose al festín. Difícil era apreciar la distancia exacta, pero pensé que los olores debían llegar hasta el olfato de esas aves con la rapidez del sonido al difundirse en el aire.

Cortáronse las partes más tiernas de la res y dejamos el resto a los volátiles; montamos luego y salimos en busca de agua. Pronto llegamos a una laguna muy hermosa, bordeada de juntos y cubierta de pastos silvestres; allí decidimos acampar durante la noche. Sacamos las maletas al carguero y nos dimos a recoger huesos, cardos y ramas para encender el fuego: arrojamos al fuego el sebo de la vaca y no tardó en formarse una hoguera como para asar todo un buey. Después hervimos agua y empezamos a tomar mate, mientras se asaba la carne, que esta vez era de la llamada “carne con cuero”. Asándola en esa forma, con el cuero del animal, resulta más jugosa y de exquisito sabor. Terminamos de comer mucho después de entrado el sol, pero las llamas del fogón nos prestaban suficiente luz. Luego de haber charlado un rato, alegrándonos con coplas y cantos, tendimos los recados sobre las pajas y dormimos bajo la majestad del cielo. Me desperté durante la noche; la luna irradiaba son suave fulgor en un silencio tan absoluto como si hubiera dejado de latir el pulso de la naturaleza. Al amanecer estábamos empapados con el rocío de la noche.          Sacudimos los abrigos y nos lavamos en la laguna. Encendieron nuevamente fuego y, calentándonos al amor de la lumbre, nos desayunamos con mate y carne fría. Pronto estuvimos a caballo; una niebla espesa impedía encontrar el camino pero el baqueano se encargó de sacarnos por una ruta más directa. Ya cerca de mediodía llegamos a una estancia llamada Nueve de Julio, fecha que rememora la independencia del país.

 

VIDAL www.celarg.org

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