Sabato y el peronismo: un caso insólito de honestidad intelectual

Reivindico a Ernesto Sabato por la manera en la que, siendo antiperonista, tuvo la rara honestidad de reconocer algunos de los méritos de ese movimiento político.

     Por lo general es bastante fácil ser peronista o antiperonista. Pero ser antiperonista y saber juzgar al peronismo de manera sensata es una virtuosa excentricidad.

     Cuando la Revolución Libertadora derrocó al peronismo, las nuevas autoridades quisieron favorecer a Sabato y le dieron la dirección de Mundo Argentino. Tuvo que renunciar enseguida porque escribió un artículo llamado Para que termine la interminable historia de las torturas, en donde denuncia la persecución llevada a cabo contra los peronistas. Defender a los peronistas cuando uno es peronista es, además de fácil, lógico: que lo haga un antiperonista revela una enorme nobleza, unos sólidos principios.

     Sabato escribió este artículo en medio de muchos allegados que le reprochaban su actitud. Y fue más lejos todavía: poco después de estos hechos lo convocan, desde la radio oficial, para participar de una mesa redonda sobre el federalismo. Sabato asiste nada más que para decir, desentonando con el clima y el asunto, que “no se puede charlar plácidamente sobre el federalismo cuando en ese mismo momento se continúa torturando a compatriotas”. Se trataba del grupo ASCUA y sus integrantes suspenden a Sabato de esa asociación cultural por problemas de “disciplina”.

     En esa misma época, Sabato escribe su Carta Abierta a Aramburo en donde dice, justamente a ese personaje, aunque en realidad para que lo lea todo el mundo, que:

“debemos valientemente reconocer que no todo lo que sucedió durante esa década fue negativo y destructor ya que las grandes multitudes trabajadoras advinieron a la vida política de la Nación y un fuerte e irresistible sentimiento de justicia social se elevó como un clamor que ya nadie puede desoír”.

    Decir esto, siendo peronista, es muy fácil. Se dice sin pensar, repitiendo. Insisto: decirlo siendo antiperonista sigue siendo un acto de honestidad intelectual casi sin precedentes en la historia argentina. Es la misma época de la más famosa El otro rostro del peronismo, en donde Sabato recuerda que, cuando cayó Perón, mientras él y unos amigos festejaban en una casa de Salta, en la cocina las sirvientas estaban llorando, y que en esa cocina estaba la clave de que no había mucho que festejar.

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Las palabras que Sabato escribó en ese texto se han repetido mucho, y merecen seguir repitiéndose:

Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas.

Y aunque en todos aquellos años yo había meditado en la trágica dualidad que escindía al pueblo argentino, en ese momento se me apareció en su forma más conmovedora.

Pues ¿qué más nítida caracterización del drama de nuestra patria que aquella doble escena casi ejemplar? Muchos millones de desposeídos y de trabajadores derramaban lágrimas en aquellos instantes, para ellos duros y sombríos. Grandes multitudes de compatriotas humildes estaban simbolizadas en aquellas dos muchachas indígenas que lloraban en una cocina de Salta.

    Sabato tuvo varios encontronazos con Jauretche. Jauretche no lo trataba de antiperonista sino de un intelectual honesto que debía corregir su mirada del peronismo, tan llena de palabras como “demagogia” y “resentimiento”. Y no se equivocaba: Sabato tenía del peronismo una comprensión por momentos más lúcida que la de los propios peronistas. Jauretche sabía que, pese a la discrepancia, era posible entenderse con él. ¿Con qué otro antiperonista se podría haber entendido? Está claro: con ninguno. Con Borges, por ejemplo, el diálogo hubiera sido imposible. Y no me refiero al mediocre y habitualmente insustancial pensamiento político del genio de la literatura: había, entre el antiperonismo de Borges y el de Sabato, una diferencia clarísima. Borges criticaba al peronismo por sus virtudes y Sabato lo criticaba por sus defectos.

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     Durante el gobierno de Frondizi, Sabato asiste a una mesa redonda sobre el peronismo en la Facultad de Derecho. Allí dice lo siguiente:

A mí me conmueve el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que habían convergido sobre la Plaza de Mayo desde Avellaneda y Berisso, desde sus fábricas, para ofrecer su sangre por Perón. (…) Personalmente, no tengo simpatía por Perón. Pero si fuéramos a juzgar la historia y los hechos políticos por la simpatía o antipatía que nos merecen sus líderes, evidentemente resultaría una historia muy curiosa. (..) Los estudiantes del 30 estábamos equivocados en muchas cosas. Y en el 45 nos volvimos a equivocar, nosotros, precisamente, el sector más ilustrado del país. Dijimos “cabecitas negras”. Hablamos de chusma y alpargatas. Olvidándonos que esos “cabecitas negras” habían constituido el noventa por cierto de los ejércitos patriotas, que habían llevado a cabo la liberación de América…(…) ¡Qué fácil es despreciarlos ahora desde nuestras aulas…! Sí, los estudiantes, los doctores, hemos estamos trágicamente separados de nuestro pueblo”.

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   No me canso de insistir: decir esto, siendo antiperonista, con todo el obcecado apasionamiento que conlleva, con todas las amistades con las que hay que romper para decirlo, es un ejemplo sin precedentes de honestidad intelectual. Prefiero tener entre mis amigos a un adversario hecho de esta madera que a un típico compañero de militancia.

    Pocas personas tienen consciencia de lo insólito que fue, para la historia argentina, este tipo de declaraciones por parte de un intelectual antiperonista. Insólito por la autenticidad y la ética que lo obligaron a pronunciar esas palabras, en público y en cartas abiertas.

    Los peronistas que todavía tienen a Sabato en alguna lista negra deberían ser los primeros en reconocerle su mérito, sobre todo porque él fue capaz, en las peores circunstancias, de reconocerle al peronismo el suyo.

     Y, como en caso de Sabato, las páginas de ficción son todavía más reveladores que las de ensayos y entrevistas, termino con algunos pasajes de Sobre héroes y tumbas, novela publicada en 1961 y que, con respecto a esos pasajes en donde hay contexto social, es posible leerla como si se hubieran escrito esta mañana:

“Pero ¿cuándo, se preguntaba, cuándo la industria había ganado las colosales fortunas de estos últimos años? Habían metido lavarropas hasta en la sopa. No había cabecita negra que no tuviese su batidora eléctrica”.

(…)

“La clienta veía parloteando sin interrupción con Wanda sobre la necesidad impostergable de matar a Perón.
-Había que matar a toda la negrada –decía-. Ya las personas decentes no podemos ni andar por las calles.
Una serie de sentimientos confusos y contradictorios entristecieron a Martín aún más.
-Yo les digo –prosiguió la mujer, después de besarse con Quique en la mejilla –que se viene el comunismo. Pero yo lo tengo ya pensado: si se viene el comunismo, me voy a la estancia y se acabó”.

(..)

La mujer lo miró duramente:
-¿Cómo podés ser peronista? ¿No ves las atrocidades que hacen?
-Los que quemaron las iglesias son unos pistoleros, señora –dijo.
-¿Qué? ¿Qué? Son peronistas.
-No, señora. No son verdaderos peronistas.

 

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