El loco Sarmiento: apuntes sobre el hombre que escribía con la espada y disparaba con la pluma

 Sarmiento visita un manicomio porteño. Cuando llega a un patio en donde estaban los internados, se produce un gran alboroto. Uno de los locos, en nombre de los demás, se acerca al presidente y le dice: Al fin, señor Sarmiento, entre nosotros. Don Augusto, su nieto, le asegura a Ricardo Rojas que la anécdota es cierta. ¿Y por qué no lo sería? En todo caso, si no fuera cierta, sería verosímil.

     Sarmiento, el loco. O el loco Sarmiento, tal como tantos le decían. Porque, efectivamente, tenía esa fama. Y no es raro que la tuviera. La locura muchas veces es la manera en la que se simplifica todo lo que sale fuera de lo común. Sarmiento fue justamente eso: un hombre fuera de lo común. El personaje más controvertido de la historia argentina, según mi opinión. El más polémico, para muchos. Los hay quienes lo aman y quienes lo odian, y ambos bandos, igualmente limitados, se equivocan: más sensatos son quienes lo aman y odian al mismo tiempo, reconociéndole esa dualidad que lo hacía único. Nuestro loco Sarmiento fue lo mejor y lo peor que se pudo ser en este país, todo eso al mismo tiempo. Llamarlo loco pudo ser el camino fácil: mucho más difícil es comprenderlo, analizar sus extravagancias, asumir su complejidad.

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     Sarmiento se refirió muchas veces a su fama de loco. Otra vez, cuando era ya muy mayor, lo llevaron a las puertas de un manicomio en Montevideo. Groussac, cronista de ese viaje, observó que “come, con apetito de náufrago, rebanadas de lechón fiambre, empuñando el cuchillo como una tizona”. Y que, desafinando, tarareaba una ópera italiana. Entonces le propusieron la visita al manicomio pero esta vez se negó: “Eso no, hermana, de ninguna manera: dicen que tengo propensión a la cosa, y no sea que me parezca bueno quedarme allí”. Durante ese mismo viaje, año 1883, pronuncia un discurso en donde afirma: “¡He estado loco durante cuarenta años! Dos reinados me tuvieron por tal, dos generaciones se pasaron la palabra”.

    Digamos algo más sobre la diagnosticada locura de Sarmiento. Fueron varias las figuras políticas que pensaban así. Sus adversarios están en la primera línea. Adolfo Saldías, orgánico del rosismo, asegura que Rosas tenía un ejemplar del Facundo. Y que, con ese libro en la mano, una vez le dijo a sus funcionarios:

      -El libro del loco Sarmiento es de lo mejor que se ha escrito contra mí: así es como se ataca, señor; así es como se ataca; ya verá cómo nadie me defiende tan bien, señor.

     Urquiza, vencedor de Rosas, coincidía con Rosas. Aunque se lo tomó con humor, se indignó de que Sarmiento se considerase poco menos que el vencedor del tirano. Le escribe a Mitre que está enojado con Sarmiento porque es “un pretencioso, un loco, un intrigante, un anarquista”.  De paso, observemos que no ha faltado un médico italiano, el doctor Pesce, que intentó demostrar la locura de Sarmiento con argumentos científicos, mediante un estudio frenopatológico.

    En 1868 le escribe a Mrs Mann. Le dice, refiriéndose a su candidatura para la presidencia, que  “no teniendo muy claras tachas que oponerme, mis oponentes discuten seriamente mi título recibido de loco”. Y, una vez presidente, recibe la visita de Lucio Mansilla, el célebre sobrino de Rosas, a quien le debe en gran medida la presidencia. Mansilla le hace saber que quisiera un ministerio. Sarmiento se niega con el siguiente motivo:

     -¡Usted, Ministro! Hombre, necesitaré un ministerio muy sesudo y muy calmoso para morigerarme a mí mismo. Nos tildan de locos; a usted menos que a mí, tal vez por no haber adquirido méritos para ello, todavía. Juntos, seremos inaguantables. Buenas noches.

     Y lo manda a Río Cuarto, de Comandante de Frontera, ocasión que Mansilla sabrá aprovechar para escribir su obra más famosa, la entrañable Excursión a los indios ranqueles. Sarmiento, que compuso una obra fundacional, ocasionó que se escriba otra de las más notables.

     Y a todo esto, ¿qué pensaban sus lectores? Los de sus artículos de prensa, que fueron cientos, más de una vez lo consideraron loco, en ocasiones el menos insultante de los epítetos.

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    Y también les sucedió a los lectores de sus libros. En 1849, en su obra Argirópolis, propuso que la capital de la Nación debería ubicarse en la isla Martín García. Escribe Gálvez que “los contemporáneos de Sarmiento, al enterarse del proyecto, dudaron de su salud mental”. Nosotros, que tenemos la perspectiva histórica, podemos preguntarnos: ¿era loco o se hacía?

   Sarmiento, el loco Sarmiento. Y podríamos decir: el loco de la ametralladora. Me explico. Durante su mandato presidencial, año 1873, enfrentó rebeliones del interior. Justo en ese momento acababa de recibir una novedad armamentista: unas aparatosas ametralladoras que venían con un grupo de técnicos especializados en su funcionamiento. El 18 de noviembre carga en un buque las novedosas ametralladoras con los técnicos. Ni bien llega a Rosario hace llamar al jefe de la policía y le solicita “una muralla larga, con frente despejado, sin casas ni gente detrás”. Hay una sola opción: la pared del edificio que se está construyendo para el Colegio Nacional. A Sarmiento, más tarde inmortalizado “padre del aula”, o “maestro inmortal”, le parece muy bien. Desembarca las ametralladoras y monta el espectáculo armamentista, para todos los que quieran verlo, apuntando contra esas paredes que, según Gálvez, debería considerar sagradas. Él mismo se dispone a dirigir el manejo de los cañoncitos. Ametralla las paredes, para demostrar el poderío bélico de su gobierno; las ametralla hasta destruirlas, demostrando, en sus palabras,  “que no quedaría vivo soldado alguno o batallón que tuviese la desgracia de ponerse por delante”. Pero esto no es todo: al día siguiente la escena se repite en Paraná. Otra vez le informan que la única pared con esas características es la del edificio de la Escuela Normal. Al espectáculo de las ametralladoras agrega una banda de música. Y ametralla las paredes de la única escuela. ¿Sirvió de algo la estrategia? ¿Los rebeldes se habrán amedrentado ante el espectáculo? Esa gente gaucha, tan curtida en guerras, no se iba a asustar con explosiones. Lo más probable es que les haya parecido que el presidente estaba loco.

    No podemos negar que la imagen es fabulosa. Sarmiento, maestro inmortal, ametralla extasiado las paredes de una escuela. Y yo quiero decir, más allá de lo reprochable del acto, que el simbolismo es también fabuloso. Sarmiento, cuando escribía, lo hacía así: con una pluma que parecía más bien una ametralladora. Y esa vez optó por la literalidad. Las palabras del Facundo también fueron como balas de una ametralladora derribando muros.

     Sarmiento escribía como quien disparaba y disparaba como quien escribía.  Sus instrumentos fueron la pluma y la espada pero invirtiendo los roles. Muchos sabían nada más que de espadas, así como otros nada más que de plumas. Sarmiento era el endemoniado de una dualidad, de un interesantísimo desquicio. Y habrá sido por eso que lo llamaban loco: porque usaba la espada como si fuera la pluma y empuñaba la pluma como una espada. Porque era, en Buenos Aires, un provinciano, y un porteño en las provincias. Porque era, el que tanto odiaba a Rosas, y a los gauchos, el temperamento más gaucho de nuestros próceres. Porque su fanatismo por la cultura europea, o la norteamericana, los expresaba desde una visceral sensibilidad sudamericana. Porque este patriarca de la educación pública fue así: un hombre que nunca tuvo instrucción formal. No hubo, en la historia argentina, un hombre más encandilado por la civilización, ni tampoco uno más rudo, más bárbaro. No hubo, entre los detractores de España, personalidad más quijotesca. Sarmiento compuso una obra, tanto la pública como la literaria, en donde expresa su lucha interior: la civilización y la barbarie, o la de lo que es contra lo que quisiera ser. Y su apasionamiento, su laboriosidad infatigable, lo elevan por encima de tantas contradicciones. Pero quienes lo han tratado, que no veían un prócer sino un hombre rudo con aspiraciones de gloria, solían llamarlo así: el loco Sarmiento.

     A continuación destacaré, para quien quiera profundizar en esta locura de nuestro pasado, una serie de hechos y anécdotas de la vida y obra de Sarmiento. Me baso principalmente en dos libros: Sarmiento, el hombre de autoridad, de Manuel Gálvez, y El Profeta de la Pampa de Ricardo Rojas. Gálvez, desde una postura revisionista y nacionalista, hace la crítica de Sarmiento, y Rojas lo glorifica. Dos libros buenos, imprescindibles, que parten de dos tesis opuestas pero que, finalmente, acaban coincidiendo en que la figura de Sarmiento es gigantesca, valiosa, y que más allá de nuestra opinión favorable o adversa debemos reconocerle, a tan singular personaje, tanto sus defectos como sus méritos, tanto sus brutalidades como sus genialidades. Porque, aprendiendo de ambos libros, y coincidiendo en tanto con quienes lo alaban o injurian, soy de los que creen que no hubo ni habrá en la historia argentina un personaje tan singular ni tan controvertido como Sarmiento. Ni tan loco.

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     Nació el 15 de febrero de 1811, el noveno mes posterior a la Revolución de Mayo de 1810, de modo que fue engendrado al mismo tiempo que la misma patria, hecho que no se privará de señalar con su histórica egolatría.

    El nombre completo de  su padre era José Clemente Cecilio de Quiroga Sarmiento, de modo que, probablemente, ese Quiroga emparentado con los Sarmiento pertenecía al tronco del caudillo Facundo.

    Su única educación formal la obtuvo en la instrucción primaria de la Escuela de la Patria, la primera y única de San Juan, fundada en 1816. La escuela tenía piso de tierra y bancos de adobe. Más adelante, el gobierno de Buenos Aires decidió becar a niños de las provincias para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales, pero Sarmiento, pese a ser el primer candidato de su provincia, fue rechazado. Su padre, desesperado, insistió, escribiéndole al gobernador de Buenos Aires una carta desesperada, suplicándole un lugar para a su hijo en la escuela, ya que de otra manera jamás podría costearle los estudios superiores para los que tan bien dotado estaba: “… como la estrechez de mis facultades toca casi a los umbrales de la mendicidad…”. No obtuvo respuesta alguna.

    El joven Sarmiento no fue ese ejemplo intachable de la historia tradicional, aquél niño que nunca había faltado a la escuela. En sus Recuerdos de provincia se retrata más bien como el jefe de una pandilla de niños revoltosos. Ya era, hacia los doce años, lo que sería toda la vida: un agresivo y apasionado peleador.

    Su padre le pone de tutor a un amigo de la familia: el presbítero José de Oro. Se trata de un federal combativo y de carácter turbulento. Sarmiento dice que su mentor domaba potros, bailaba pericones y hablaba y vivía a lo gaucho. Se lleva a Sarmiento a San Luis, donde debía exiliarse por conflictos políticos.

    A los dieciséis años presencia la entrada en San Juan del caudillo riojano Facundo Quiroga, con quien quizá tuviera un lejano parentesco. Esta escena la convertirá en un tópico literario, cuando pocos años después, en las páginas del Facundo, la considere tan ilustrativa de la barbarie. El montonero de la literatura tiene allí su primer encuentro con el de la guerra. Se ha dicho que, si Facundo escribiera, escribiría como Sarmiento.

     Durante su temprana juventud empieza una formación de carácter autodidacta. Lee de todo sin método ni orden. Su formación intelectual carece de toda solidez. Durante toda su vida escribirá artículos sobre diversos temas de los que sabe poco y nada. Incluso sus libros específicos sobre educación carecen de interés y han sido muy poco leídos.

    A los quince años se convierte en un maestro precoz. Da clases a los pobrísimos campesinos de San Francisco del Monte, provincia de San Luis, habilitando una escuela rural. Es más joven que sus alumnos.

    Estudia el francés con la ayuda con Monsieur Lémonie, un mendigo francés que había sido soldado de Napoleón y debió huir hacia América. El trato era que, a cambio de la ejercitación del idioma, Sarmiento le daría de qué beber, de modo que, según Rojas, “íbase borracho el maestro y el alumno quedaba con la vela encendida en su cuarto, repasando los ejercicios”.

    A los diecinueve años ya se involucra en la incipiente guerra civil entre unitarios y federales. Pese a que toda su familia es federal, lo mismo que su provincia, incluso su venerado tutor, toma partido por los unitarios. Uno de sus primeros altercados lo tiene con Quiroga del Carril, gobernador de San Juan quien, impresionado ante la penetrante mirada y coraje del joven, lo habría dispensado de la falta de no alistarse en la obligatoria guardia cívica, por supuesto que para la causa federal. Esta es la versión de Sarmiento pero, según se descubre más adelante, lo que pasó fue que el joven, lejos de derrotar al gobernador con su arrogancia y valentía, le hizo llegar una carta respetuosa y llena de autocríticas en la que rogaba una disculpa. Fue disculpado. El historiador Ricardo Rojas también le justifica y disculpa la versión falsa. Más tarde sería el comandante federal Ramírez quien lo alojara en su casa y resguardara de ser fusilado por unitario. Está claro, observa Manuel Gálvez, que “los federales no son tan malos como cree o creerá Sarmiento más tarde”. Las pocas veces que pudieron fusilarlo lo han dejado ir. También hay que tener en cuenta que, durante su exilio, los federales tampoco agredieron a la familia de Sarmiento, que permanecía en el país. Sarmiento, cuando detente el poder, jamás perdonará a ninguno de sus adversarios, y siempre estará listo para fusilar y castigar de las peores maneras, incluyendo decapitaciones, a enemigos que se entregan indefensos.

    En 1832 enseña a leer a los campesinos de Pocuro, una pequeña y rústica aldea. Luego, en Valparaíso, será dependiente de una casa de comercio por una onza al mes. La mitad de ese salario lo destina a pagarle a Míster Richard para que le enseñe el inglés. También le daba una propina de dos reales por semana al sereno para que los despierte a las dos de la mañana, de modo que pueda estudiar durante cinco horas antes de ir a su trabajo.

    En 1832 nace su hija Faustina. Se supone que la tuvo con una de sus alumnas, la chilena María Jesús Canto, de quien no se sabrá qué fue de ella. Sarmiento parte de Pocuro dejando a su hija con la madre. No se puede decir que Sarmiento no haya reconocido a esa hija ilegítima. Decidirá enviarla a San Juan, dejándola al cuidado de su familia, que accedió sin hacer preguntas.

    En 1833, edad de 22 años,  trabaja en las minas de Chañarcito. Al contrario de los demás emigrados unitarios, que trabajan en la mina vestidos hasta de frac, lo cual resulta ridículo, Sarmiento decide, un poco por pasatiempo y travesura, vestirse como un auténtico minero. El trabajo de capataz le permite tiempo libre para leer y proseguir con sus estudios. Lee, a la luz del candil, desde el fondo de la mina. Hacia fines de 1835, atormentado por la fiebre tifoidea, sufre alucinaciones y un ataque de enajenación mental. Una vez se apartó en un rincón para no incomodar, con su presencia de minero miserable, a un distinguido señor Codecido, quien se puso a discutir con un amigo sobre asuntos de historia europea. Sarmiento, desde su rincón, aclaró todo el asunto con datos precisos, dejándolo asombradísimo. Su etapa de minero dura tres años. Luego lograría vivir del periodismo.

     El 20 de julio de 1839 se publica el primer número del primer periódico que funda: El Zonda, que alude al huracanado viento cordillerano. Podrá publicar nada más que seis números, hasta que sus adversarios se encarguen de boicotearlo.

    En 1840 se enamora de Elena y le pide su mano a doña Tránsito, madre de la joven, que lo rechaza lo más cortésmente que puede. No era un buen candidato.

    A fines de 1840 debe exiliarse en Chile, donde permanecerá muchísimos años.

   El 11 de febrero de 1841 publica en El Mercurio de Valparaíso un extenso artículo llamado “12 de febrero de 1817”, sobre la batalla de Chacabuco. El artículo es un éxito y da cuenta de grandes aptitudes para la escritura. Vale la pena leerlo.

     En 1842 mantiene una polémica con Andrés Bello. Acusa a los gramáticos, y a la gramática misma, de agarrotar la imaginación de los escritores, y afirma que no ha de haber, en materia de lenguaje, más autoridad que la del pueblo llano que lo habla. Escribe Ricardo Rojas: “Como al táctico General Paz le bolearon los gauchos el caballo, el montonero periodista había boleado al gramático”. Al año siguiente propondrá una delirante reforma ortográfica que escandaliza a la gente seria y hace reír a todo el mundo.

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    El chileno Lastarria lo describe al Sarmiento de treinta y seis años del siguiente modo: “Tanto nos interesó aquel embrión de grande hombre, que tenía el talento de embellecer con las palabras sus formas casi de gaucho, que pronto simpatizamos con él”. Dice Ricardo Rojas que “Era en el periodismo el gaucho bravucón, o el montonero que curado de sus heridas vuelve a la carga con tenacidad”.

    En 1843, luego de ser atacado en público por Godoy, responde en Mi defensa con las siguientes razones: “Ha dicho don Domingo Godoy que recién me estoy civilizando aquí, y es la pura verdad. Mis amigos y las personas que me tratan de cerca, se ríen de mi torpeza de modales, de mi falta de elegancia y de aliños, de mis descuidos y desatenciones, y yo no soy de los últimos en acompañarlos en sus burlas”. Luego agrega: “Tengo cierta cortedad huraña, descortés, que me hace estar mal en presencia de hombres colocados en la sociedad en más alta posición que yo”.

  Año 1845. Redacta y publica, desde Chile, el Facundo, su obra más conocida. Apenas publicada, la obra recibió las críticas de Valentín Alsina, sugiriendo la correcciones de evidentes errores. Sarmiento dijo que no vale la pena esa corrección, ya que su obra no es una reconstrucción científica del pasado sino “un mito épico de la actualidad”. Según Rojas el Facundo es “un acto” o “el grito angustiado de un profeta”, y no debe juzgarse en tanto obra filosófica ni estética.

   El Facundo, para llegar a Buenos Aires, tuvo que servirse de diversas maniobras. En una ocasión lo recibió el boticario Aman Rawson, escondido dentro de un cajoncito de drogas.

   Ricardo Rojas escribe que “Sarmiento, polemista, llamó gaucho a Rosas, porque esa palabra entraba en la nomenclatura de sus polémicas: pero Sarmiento se equivocó. Él era temperamentalmente gaucho; Rosas no: él era un americano típico: Rosas no”. En sus Comentarios de la constitución de 1854 lo dice claramente: “Yo soy federal de convicción”.

    A fines de octubre del año 1845 se embarca hacia Europa, encomendado por el gobierno chileno, para elaborar un informe pedagógico. También visitará Argelia y Estados Unidos. Durante ese viaje visita en Francia a San Martín. El viaje durará más de dos años. En el prolijo inventario de sus gastos siempre se destaca que haya incluido las “orgías”.

       A punto de llegar al París de sus sueños, escribe las siguientes palabras:

  “Las costas de Francia se diseñaron al fin en el lejano horizonte. (…) Saludábanlas todos con alborozo, las saludaba también yo sintiéndome apocado y miedoso con la idea de presentarme luego en el seno de la sociedad europea, falto de trato y maneras, cuidando de no dejar traslucir la gaucherie del provinciano, que tantas bromas alimenta en París”.

    En París lo trató a Guizot, a Thiers, a Mackau y lo vio en un baile a Balzac. Luego, en Roma, consigue tener audiencia con el Papa Pío XII, que hablaba español y había conocido la América del Sur. En 1847, al incorporarse al Instituto Histórico de Francia, leyó un notable trabajo sobre la entrevista de Guayaquil, y entre los presentes estaba el mismo San Martín a quien también visitaría en su casa de Grand Bourg.

   Escribió en Estados Unidos unas palabras que resumen todas sus impresiones para con ese país: “Era el deseo secreto de quedarme por ahí a vivir para siempre, hacerme yankie”.

     Hacia 1848 redacta para la prensa chilena una serie de artículos que se convertirían en uno de los cargos más graves contra su figura: afirma que el Estrecho de Magallanes le pertenece a Chile y que incluso debería ser chilena toda la Patagonia. Escribe que “Chile podría reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo”. Ricardo Rojas matiza esta falta recordando que, en aquella época, el estrecho de Magalanes era un territorio neutral, y que durante su presidencia Sarmiento defendió a la Patagonia con ahínco.

    Escribe sobre Rosas que, si cayera en sus manos, “lo haría su consejero de Estado, por la mucha experiencia de los negocios que ha adquirido en tantos años, por su conocimiento de los hombres, su rara astucia, su energía indomable y otras cualidades eminentes que, bien dirigidas, serían de grande provecho para el gobierno de la Nación”.

    Con respecto a sus amoríos, hay que destacar el romance que tuvo con Aurelia, la hija de su amigo Vélez Sarsfield. Fue a sus 44 años cuando sintió el flechazo por esta atractiva mujer de 24.

    En diciembre de 1850 se producen sublevaciones contra el autoritario gobierno de Montt, al que Sarmiento defiende. Y decide defenderlo con las armas. Monta a caballo llevando a su espalda un magnífico rifle cuyos tiros alcanzan trescientas yardas. Se alista vestido de albornoz.

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    A los cuarenta años se pone al servicio de Urquiza para derrocar a Rosas. Urquiza dijo sobre él: “¡Véanlo al viejo bailando!”. Es que, ya a esa edad, Sarmiento aparentaba muchos años más, debido a su prematura calvicie. ¿Y por qué bailando? Porque había asistido a Gualeguaychú, en donde el caudillo había convertido su afición a los bailes en una costumbre oficial. Y, aunque asistió de frac, Sarmiento se bailó una regia contradanza entre paisanos de poncho y chinas.

      Había escrito sobre la Pampa desde Milán, en carta a Juan María Gutiérrez:

   “Sabe usted que no he cruzado la Pampa hasta Buenos Aires, habiendo obtenido la descripción de ella de los arrieros sanjuaninos que la atravesaban todos los años, de los poetas como Echeverría, y de los militares de la guerra civil. Quiérola sin embargo y la miro como cosa mía. Imagínomela yerma en el invierno, calva y polvorosa, interrumpida su desnudez por bandas de cardales y de biznagas. Pero volviendo a poco el kaleidoscopio, la pueblo de bosques tal como con más ventajas se ha realizado en las landas de Francia, y en las desnudas montañas de las Ardenas. ¿Por qué la Pampa no ha de ser, en lugar de un yermo, un jardín como las llanuras de Lombardía, entre cuyo verdinegro manto de vegetación, la civilización hay salpicado a la ventura puñados de ciudades, de villas y de aldeas que lo matizan y animan? ¿Por qué? Diréselo a usted al oído, a fe de provinciano agricultor, porque el pueblo de Buenos Aires con todas sus ventajas es el más bárbaro que existe en América. Pastores rudos, a la manera de los kalmukos, no han tomado aún posesión de la tierra; y en la Pampa hay que completar por el arte la obra de Dios. Dada la tela se necesita la paleta y los tintes que han de matizarla”.

    Recién en 1852 conoce esa Pampa que tan bien había descrito en sus mejores páginas. Está alistado en el Ejército Grande, en función de bolatinero, y galopa por la bárbara llanura como un gaucho. Sin embargo, demasiado consecuente con su idea de que “mientras haya chiripá no habrá ciudadanos”, se presenta vestido a la europea: levita abotonada, guantes, quepis francés, paletó en vez de poncho. Y, agrega Gálvez, una variedad de cosas de las que carecían los demás: silla de montar, navaja de campo con eslabón, lanceta para caballos, botas de goma, un catre de hierro, velas de esperma y una excelente tienda con mesa y escritorio para redactar sus boletines. Tanto los oficiales como el común de los soldados se ríen de su indumentaria, considerándola ridícula. Además en esa época llevaba unas patillas que, al llegar a la punta de la oreja, tuercen en ángulo recto hacia la boca para mezclarse con el bigote.

    El egotismo de Sarmiento llega a su cima durante la batalla de Caseros, adjudicándose un protagonismo que nunca tuvo. Más bien se ubicó en donde no pudiera estorbar. En esa ocasión se detiene al coronel rosista Santa Coloma y se decide degollarlo por la nuca: Sarmiento aprueba el método, justificándolo en términos de “una satisfacción dada a la vindicta pública”. Más adelante, Urquiza ironizará sobre los artículos en los que Sarmiento se considera poco menos que el responsable de la caída de Rosas. Dirá el caudillo: “Si yo no he hecho nada… Aquí he venido a encontrar con que los escritores de Montevideo y Chile lo han hecho todo…”.

    Cuando llega a Buenos Aires, después de Caseros, escribe: “era yo un mozo feo, provinciano, de familia oscura, tenido por loco, desconocido, porque mis trabajos no habían trascendido mucho entre las gentes que no leen”.

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     En su libro Educación popular abogaba por una enseñanza común para todos y sin privilegios. Un estanciero le dijo que Buenos Aires no aceptaría eso por ser “una sociedad muy aristocrática”, y Sarmiento respondió: “Sí, una aristocracia con olor a bosta”.

     Una vez derrocado Rosas, Sarmiento se convierte en enemigo de Urquiza.

     Durante un viaje es recibido por el emperador San Pedro en Petrópolis, que conocía el Facundo. Cuando don Pedro le preguntó si era doctor, Sarmiento le respondió que sí, pero “doctor montonero”, como son generales nuestros caudillos.

    Hacia el año 1854 ingresa en la masonería, dentro de la Logia Unión Fraternal número 1.

      Hacia 1855 cambia de aspecto. En lugar de peluca o barba unitaria y patillas lleva solo bigotes y no disimula la calva, ancha avenida que corre desde la frente hasta el pecho. Tiene ahondada la vieja arruga horizontal y más encrespadas las cejas. Benjamin Vicuña Machena, escritor chileno que lo trató varias veces, dice de él que “talento verdadero tiene muy poco”, que “su vanidad no cabe en toda la pampa”, y profundiza que nunca el sol de nuestro continente “engendró una fantasía más exaltada, más ardiente, más fecunda y brillante y también más disparatada y embustera”.

    Su lucha para abrirse paso en Buenos Aires fue muy violenta. Los porteños no lo querían. Publicaban en la prensa versos como los siguientes:

Por más que te des los aires / de grajo, de cuervo o buitre, / serás senador de Mitre / pero no de Buenos Aires.

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    Protagoniza incidentes de todo tipo. En una ocasión ataca a trompadas a Juan José Soto, redactor de La reforma pacífica, y van a parar los dos a la comisaría, pese a ser Sarmiento senador.

       El 13 de septiembre de 1859 pronuncia en el Senado un discurso que sus actuales detractores utilizan sistemáticamente para desprestigiarlo, mediante la clásica maniobra de sacarlo de contexto. Es allí donde dice que “si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma”. Esas palabras, junto a la de la “sangre de gauchos” de la famosa carta a Mitre, es uno de los dos o tres fragmentos de Sarmiento que muchos ignorantes de izquierda repiten hasta el hartazgo, con la intención de retratar al prócer como un monstruo indiscutiblemente perverso. Ese fragmento lleno de expresiones brutales sobre los mendigos es una parte de un extenso discurso en el que, reconociendo la dureza de sus expresiones, intentaba defender la propuesta de que sean los ricos quienes atiendan las necesidades de los pobres: ellos deberían tener la obligación de asistir a los mendigos y no el Estado. Y argumenta en contra de eso demostrando que siempre se fracasa y es una medida ineficiente. Vale decir que nada más que para discursos parlamentarios hay, en la obra de Sarmiento, tres tomos de 500 páginas cada uno. Y también vale informar que el discurso en cuestión se llama Caridad pública y que está en la página 315 del tomo XVIII. Por si alguna vez sucede el milagro de que alguno de los que reproducen ese fragmento se topa con el discurso y comete el hecho histórico de por fin leerlo.

    En 1862 asume el gobierno de San Juan. En 1863 muere el caudillo Chacho Peñaloza. Sarmiento aprueba la medida de cortarle la cabeza y clavarla en una pica, y aclara que la aprueba “precisamente por su forma”. Junto al cargo de traición a la patria por el asunto de Magallanes, la muerte del Chacho es la otra de las grandes manchas de la figura de Sarmiento. Escribe Manuel Gálvez:

“Para Sarmiento, el Chacho, el hombre humanitario y bondadoso que perdonaba la vida a los prisioneros y aun los trataba bien, era un bárbaro, un bandido y un criminal, y los jefes del ejército nacional, que degollaban a los prisioneros, representaban la civilización…”.

    Sarmiento renuncia al gobierno de San Juan en 1864 y pide ser enviado a Estados Unidos.

       El 22 de septiembre de 1866, en Curupaiti, su hijo Dominguito ha muerto en la Guerra del Paraguay. Recibe la noticia en Washington y queda deshecho de dolor.

    Preconiza una invasión de maestras de escuela norteamericanas. Propone como modelo educacional para el país la Young Men Christian Association, institución protestante y anticatólica. Ha propuesto que en los conflictos entre la Argentina y los Estados Unidos se recurra el arbitraje, y que el árbitro sea la Suprema Corte de los Estados Unidos. El 23 de enero de 1863 le escribe a Mary: “Imagínese lo que sería un centro luminoso en el interior, una colonia norteamericana en San Juan, produciendo plata y cereales y educando al pueblo. Y luego escribe en ese mismo año: “Con emigrados de California, se está formando en el Chaco una colonia norteamericana, que prospera admirablemente y están contentísimos. Puede ser el origen de un territorio y, un día, de un Estado yanqui”. Y agrega: “Si conservan su tipo, cuidaré de que conserven la lengua”.

    En 1868 conoce en Concord  a Ralph Waldo Emerson, que lo invita a comer. El filósofo ha leído el Facundo, en un ejemplar que le mandó el autor. Hablan de que en la Argentina no hay nieve y Emerson le dice que “La nieve contiene mucha educación”.

    Ricardo Rojas escribe que la elección de Sarmiento a presidente puede considerarse providencial, de tan misteriosa, ya que:

“el candidato hallábase ausente del país hacía cuatro años; no era jefe de ningún partido, no comandaba ejércitos y su prestigio intelectual no llegaba a las masas, todavía analfabetas”.

    Se lamenta de que Vélez Sarsfield se haga devoto, refiriéndose al hecho en términos de que lo “embaucaron”, y agrega:

“¡Abajo el matrimonio católico apostólico romano, bárbaro! ¡Abajo los días festivos! Paso a las tenderas, a las médicas, a las abogadas, a las ministras, a las grandes filósofas!”.

       Se embarca desde Estados Unidos hacia Buenos Aires, sin saber todavía que están decidiendo su presidencia, y enterándose de las novedades en cada puerto en el que hace escala, hasta que recién en Brasil lo reciben como Presidente de la República Argentina, en un momento en el que era el último en enterarse de la novedad. A bordo del Merrimac va escribiendo, como siempre, un diario de viaje, ya presintiendo su destino presidencial, y en ese texto es donde más soñador se muestra, quizá inspirado por los paisajes marítimos y la inminente gloria. El tono es el de la ensoñación, incluso la nostalgia, y se lamenta por su madre, por su hijo y amigos muertos, que tanto padecieron su accidentada vida y no podrán ahora gozar su triunfo. Dedica muchas palabras a las mujeres. Escribe, a poco tiempo de ser recibido por los tiros del cañón como presidente:

“La mujer es la sensitiva humana. Ella es la primera en sufrir las crispaciones que causa el contacto de las naturalezas eléctricas. Las mías vienen anunciando, presintiendo el sentimiento público. Sus cabellos se agitan y ondulan con los suspiros de la brisa. El pueblo necesita que la brisa se convierta en viento”.

 Sarmiento jura la presidencia el 12 de octubre de 1868. Toda la ceremonia es bochornosa. Lee en el Congreso un discurso escrito por Avellaneda, ya que el suyo había sido calificado por sus ministros de “impresentable”. La mayoría de los asistentes son mitristas y abuchean a Sarmiento. Sarmiento lanza un furibundo “¡cállense!” a las barras. Se dirige a pie hacia la Casa de Gobierno rodeado de una multitud que, para mofarse de él, vitorea a Mitre. El salón en donde se entrega el mando es muy pequeño. Más de mil personas se aglomeran donde apenas caben cien. No faltan muchachones soeces y orilleros propinando improperios. Sarmiento debe abrirse paso a los codazos y empujones para recibir el bastón. Luego resume la ceremonia con las siguientes palabras: “Jamás se ha presentado espectáculo más innoble y vergonzoso”.

    Sarmiento tiene  57 años e  inicia su presidencia destituyendo a todos los funcionarios y empleados que le son adversos. Uno de ellos, el joven Carlos de Chapeaurouge, empleado del Ministerio del Interior, se presenta ante el mismo presidente para quejarse de su destitución. Sin que nadie lo detenga ingresa en el despacho presidencial y Sarmiento, considerándolo un insolente, lo insulta y se levanta con el puño en alto para golpearlo. El destituido intenta escaparse y el flamante presidente de la República lo corre por el salón tirándole puntapiés. No logra alcanzarlo, lo cual hace reír al perseguido y enfurecer todavía más al perseguidor, que se afana en correr en círculos dentro del solemne despacho. Gálvez opina que este tipo de episodios temperamentales no contribuyeron a esa dignidad institucional que Sarmiento tanto exigía.

     De su vicepresidente, Adolfo Alsina, escribió lo siguiente: “Se quedará a tocar la campanilla del Senado durante seis años, y lo invitaré de tiempo en tiempo a comer para que vea mi buena salud”.

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     Con respecto a la obra educativa de su presidencia, Gálvez afirma que fue más bien pobre y que, en todo caso, fue tarea exclusiva del ministro Avellaneda. El mismo Avellaneda lo hace constar en su Memoria: “El nombre del señor Sarmiento al frente del gobierno era por sí solo una dirección dada a las ideas y a la opinión en favor de la educación popular. Su firma, al pie de los decretos, era una autoridad que daba prestigio a mis actos. Su intervención se redujo, sin embargo, a esta acción moral”.

    Ya presidente, dice en un discurso: “Si la Masonería ha sido instituida para destruir el culto católico, desde ahora declaro que yo no soy masón”. A lo largo de su vida se encuentran varios ejemplos que demuestran tanto el catolicismo como el anticatolicismo de Sarmiento. Todos son convincentes.

    En la Buenos Aires de mediados del Siglo XIX era común que los presidentes anduvieran por la calle. Algunos, como Mitre, iban de acá para allá solos y lo más tranquilos. Sarmiento se opuso a esa costumbre, considerándola ultrajante de la autoridad presidencial. Y, en cuanto asume la presidencia, solicita un carruaje ostentoso. Se inaugura el 31 de diciembre de 1869. Va con un cochero de sombrero galoneado, un lacayo de pie y una escolta armada de sable y garabina, todo lo cual connota para el porteño de la época una expresión de autoritarismo. Escribe Manuel Gálvez sobre esa primera vez que el presidente Sarmiento asiste a una manifestación utilizando el carruaje presidencial: “La ridiculez del armatoste y el lujo de los lacayos hacen reír al criollo de pueblo y sonreír irónicamente al aristócrata”. Lo mismo le había pasado, en el 52, cuando participó del Ejército Grande con un estrafalario uniforme europeo.
El 2 de enero el diario La nación, de su antes amigo y entonces enemigo Bartolomé Mitre, critica al presidente por haber utilizado el coche presidencial para que salgan de paseo varias “chimangas de su familia”. Se les llamaba así a las mujeres de baja estofa. Sarmiento se enoja mucho cuando lee este artículo.

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    En enero de 1870 visita el pueblo de Fraile Muerto acompañado de Wheelwrigt, el magnate del riel británico, encargado del proyecto de un ferrocarril que una Rosario con Córdoba. Al llegar a Fraile Muerto opina que es imposible que un pueblo prospere con semejante nombre. Pregunta quién es el primer colono extranjero que se haya establecido allí y, al presentársele un inglés, el señor Ricardo Bell, decreta que a partir de ese momento se le llame al pueblo Bell-Ville.

    Cuando sucede la muerte de Urquiza y la rebelión de López Jordán, decide reprimir las rebeliones con mano dura. Se convierte en el vengador de Urquiza. Declara el estado de sitio en Entre Ríos y utiliza la leva. Llegará al extremo de ponerle precio a la cabeza de López Jordán, práctica que ya se consideraba bárbara en ese entonces. El Congreso se indigna. Hasta Leopoldo Lugones, que sería un apologista de Sarmiento, califica estas decisiones de monstruosas. Sarmiento lo justifica diciendo que así es como se procede en Estados Unidos. Gálvez dirá que este tipo de conductas demuestran que la presidencia de Sarmiento no tuvo nada de liberal ni de demócrata sino todo lo contrario.

    Hacia 1870 destituye de su puesto de Comandante de Frontera al Coronel Mansilla, a quien le debía en gran medida la presidencia. Luego rechaza un pedido de ascenderlo a General. Es habitual, en Sarmiento, atacar a personas que le habían hecho grandes favores.

    En febrero de 1871 la presidencia de Sarmiento sufre el ataque de un enemigo peor que la guerra y las rebeliones: una epidemia de fiebre amarilla. La peste acaba con más de dieciséis mil víctimas, un décimo de la población de Buenos Aires. Sarmiento abandona la ciudad y, según el historiador Gálvez, nada hace de provecho contra el flagelo. Héctor Varela, amigo de Sarmiento y promotor de su candidatura, escribe las siguientes palabras: “La conducta del presidente solo merece el silencio del desprecio”.

    Hacia 1872 ya está sordo de un oído. Su sordera ocasionará todo tipo de incidentes patéticos en los debates parlamentarios. Será habitual que hable solo, incapaz de oír las réplicas de sus interlocutores, excepto cuando alguien, apiadado de la situación, le haga el favor de gritárselas en el oído bueno.

    En 1872 decide entregar el Ferrocarril del Oeste a los ingleses. El señor Lindmark, subdirector del Departamento de Ingenieros, había aconsejado al gobierno rechazar las propuestas de los capitalistas extranjeros, demostrando la posibilidad de que la obra sea nacional. Sarmiento rechaza la propuesta.

    En 1873 le recuerdan los artículos que había escrito en Chile a favor de que el país vecino se quede con el Estrecho de Magallanes. Sarmiento se defiende de una manera vergonzosa: dice que esos escritos, que se publicaban anónimos, no eran de su autoría sino del plantel de un diario chileno. Todos sabían que los había escrito él.

   El 23 de octubre de 1873 intentan asesinarlo. Sarmiento sale de su casa de la calle Maipú para dirigirse en carruaje hacia la de Vélez Sarsfield. Al cruzar Corrientes los hermanos Guerri, italianos recién llegados, hacen fuego contra el presidente, contratados para asesinarlo por el jordanista Carlos Querencio. El trabuco estaba tan cargado que revienta en la mano del sicario. Sarmiento, que ya está sordo, no oye la explosión, y sigue su viaje sin enterarse de nada. Más tarde se analizan las balas: estaban envenenadas con sublimato corrosivo, así como los puñales para ultimarlo con sulfato de estricnina.

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    Se produce en Mendoza una rebelión sin importancia. Los sublevados, que no llegan a trescientos, se rinden antes de disparar un solo tiro. Sarmiento toma todo a la tremenda y supone que el general Arredondo es un cómplice de los rebeldes. Lo encarcela. Arredondo había sido uno de los dos generales que apoyaron su candidatura y desde ese momento se pasa al mitrismo.

    Visita Concordia y Concepción del Uruguay, protagonizando escándalos. Al llegar a Federación, que eran los dominios del coronel Guarumba, un indio charrúa, Sarmiento le pregunta a su anfitrión si había recibido los libros que le mandó. Guarumba dice que sí, y que tuvo que hacerlos cortar para que cupiesen en la alacena. Sarmiento se indigna y le dice, de manera insultante: “Civilización, hasta aquí, y barbarie de tu lado”. Luego visita el Colegio Nacional de Concepción, donde uno de los alumnos, José Álvarez, quien sería el famoso escritor Fray Mocho, recordará la anécdota en su texto El clac de Sarmiento. Sarmiento, que se presenta demasiado engalanado ante los humildes alumnos, se coloca un extravagante sombrero plegable para aliviar su calvicie del tormento del sol. Los alumnos estallan en carcajadas y son acusados de bárbaros, “hijos de una provincia que degollaba a sus gobernantes y donde los hombres buscaban la razón en el filo de sus dagas”. La silbatina es generalizada. Se podría decir que Sarmiento se quedó sordo de tanto que lo silbaron en todos lados.

   Cuando Avellaneda lo sustituye en la presidencia, Sarmiento le solicita que lo nombre general. Nadie cree en sus méritos militares como para ser designado en este puesto, del que percibirá un sueldo extra que le permitirá vivir con holgura. Luego, en su puesto de senador, protagoniza varios escándalos en los debates. En aquellas sesiones lo insultan desde la barra, gritándole “chancha renga” o acusándolo de loco.

   8 de julio de 1875, acalorada sesión en el Senado. Se trata sobre las represiones, las arbitrariedades, los hechos de sangre. Todos acusan a todos. Sarmiento, no se sabe si con ironía o no, pronuncia las siguientes palabras: “Eso de cortarle la cabeza a un hombre que se toma prisionero indefenso es una irregularidad”. La sordera lo preserva de oír insultos y réplicas de otros oradores.

    Manuel Gálvez opina que la pobreza de Sarmiento es un mito de sus panerigistas. Y recuerda que llegó a cobrar varios sueldos a la vez: el de coronel, el de director del Arsenal de Zárate, el de senador nacional, el de director general de escuelas y el de presidente de la comisión del parque de Tres de Febrero.

   Sarmiento inaugura el Parque de Tres de Febrero, honor que le corresponde, ya que propuso la ley al Congreso y Avellaneda lo nombró presidente de la comisión. Durante la inauguración un grupo de muchachos mitristas decide, para provocarlo, mandarle la cuenta de todo lo que han consumido en una carpa donde se venden alimentos. Sarmiento responde: “Conforme; páguese de los fondos destinados a la manutención de las bestias”.

   El poeta José Hernández escribe las siguientes palabras sobre el balance de la función pública de Sarmiento:

“Después de tanto hacer reír, durante los seis años de su desgraciada presidencia, se ha querido vengar de su patria haciéndola llorar”.

    Escribe Rojas:

“De Estados Unidos regresó con el rostro rasurado a lo Lincoln y con la calvicie ya total que le desnudaba el cráneo como si fuese de piedra estatuaria. Los disgustos de la presidencia habían labrado surcos hondos en la comisura de los labios y en la frente. El entrecejo rudo y el pómulo descarnado acentuaban los ojos de cambiante expresión, ya tiernos o ya fieros en el mirar, bajo las cejas hirsutas, de ceño apretado y pelos agresivos, indóciles.

    En 1876, durante una sesión del Senado en donde se discute la reconstrucción del Colegio del Salvador, Sarmiento se opone a que otorguen dinero a los jesuitas. En esta época empezará a tener palabras violentas contra la Iglesia.

    El 14 de julio de 1876 la editorial del diario La prensa se llama “Sarmiento debe ser expulsado del Senado”. Se refieren a declaraciones escandalosas del ex presidente, quien había dicho, en un telegrama al gobernador de Mendoza: “¡Viva el Estado de Sitio! Pocas palabras, y al cuello, luego, de esta banda de conspiradores”. Así es como propone la represión y el degüello de todos los que se rebelen contra la autoridad nacional”. En los diarios se leen palabras de este tipo: “Don Juan Manuel de Rosas, el monstruo que hizo sacrificar tanta víctima inocente, no firmó jamás una orden como ésta”. También lo llaman “fiera malvada”.

    SarmientoAlberdi16 de septiembre de 1879. Después de cuarenta años de ausencia, Alberdi, el gran antagonista de Sarmiento, regresa a la patria. Ese mismo día Sarmiento estaba en su casa con unos cuantos amigos y un ordenanza interrumpe la reunión para anunciar que acaba de llegar Juan Bautista Alberdi. Todos se quedan mudos y mirándolo a Sarmiento, que parece impresionado. La puerta se abre y ahí está Alberdi, generando una escena conmovedora, sobre todo cuando Sarmiento le dice:

     -Doctor Alberdi, ¡en mis brazos!

     Los dos ancianos se abrazan y a algunos de los presentes, conmovidos, se les caen las lágrimas. Escribe Manuel Gálvez:

“el abrazo del destierro y de la vieja amistad en Chile, el abrazo que recuerda a cada uno lo que el otro ha hecho por la Patria, el abrazo del olvido y del perdón”.

    A los setenta años, Roca lo nombra Superintendente General de Escuelas. LugonesSarmiento escribe, sobre el Sarmiento de esa edad, que tiene “fealdad de bronce”. Sus facciones son blandas y movedizas y el labio inferior se le convirtió en belfo. Dice Gálvez que “lo realmente duro en su rostro es la mirada autoritaria, con la que asusta a los muchachos de la calle si no son con él respetuosos”. Se le ahonda una arruga de la frente y aparecen otras. Las cejas son auténticas breñas y la orejas parecen más grandes y los brazos más flacos. Es más gesticulador y gritón que nunca y se andar se vuelve desgarbado. Para su sordera usa una trompetilla que resulta insuficiente. Para salir del paso convierte todos los diálogos en monólogos en los que siempre acaba siendo el protagonista.

    En el año 1872 se convierte en un apasionado anticlerical. Coincide con la distinción de Gran Maestre de la Masonería que le ha hecho la orden. Exige que se destine a las escuelas los dineros para misas de los muertos. Dice Gálvez que, en esos años, sus palabras “lindan con la blasfemia y la impiedad”. Aboga por una educación laica y se irrita contra los que defienden la religión en las escuelas públicas.

     En 1875 La tribuna publicó un artículo suyo en el que había un párrafo incomprensible. Al día siguiente explicó que, teniendo costumbre de escribir de noche, y hasta altas horas, sucedió que ese párrafo lo escribió estando dormido.

    Roca lo asciende a general de la División. Se imprime el primer tomo de Conflictos y armonías de las razas en América, obra que Goussac califica de “fatigada y fatigosa charla senil” llena de “nociones científicas trasnochadas”. Así se ha considerado, por lo general, esta obra de su madurez. Uno de los disparates de esta obra es la atribución de autoridad científica a Víctor Hugo. También hay que destacar un comentario antipatriótico en el que lamenta que no nos hayamos dejado conquistar por los ingleses en 1807 ya que, con esa conquista, nos hubiéramos quitado de encima el atraso español, para evolucionar con los beneficios de la civilización inglesa, “pues Gran Bretaña nos hubiera concedido lo mismo que al Canadá y a los Estados de Australia”.

    Durante su vejez trabaja incansablemente. Es asombrosa la cantidad de artículos y de viajes que hace durante sus últimos años, pese a tener problemas de salud como la hipertrofia del corazón.

    El 8 de mayo de 1888 se embarca rumbo a Paraguay en el Cosmos junto a su hija y a su nieta María Luisa. Antes de partir, junto a la borda, dice: “Será Buenos Aires lo que he dicho tantas veces, la ciudad reina del sur; pero no estaré yo para ver realizados mis pronósticos. No paso de este año, hijo. Me voy a morir”.

    Muere en Asunción el 10 de septiembre de 1888 a las dos y cuarto de la mañana. Había pasado toda su enfermedad en un sillón construido especialmente para él, en donde puede leer y escribir con comodidad. Se dice que poco antes de morir le dijo a su nieta, que estaba preocupada por la frialdad de sus piernas, a las que friccionaba sin resultado, que era “la frialdad del mármol”.

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A mediados del siglo XIX, en París, empezó la costumbre de fotografiar a los difuntos, con finalidades que no tenían nada de morbosas. Era esencialmente una forma de homenaje. La costumbre se extendió a otros países. La foto de este muerto fue tomada el 11 de septiembre de 1888 en Asunción del Paraguay y publicada en la revista argentina Caras y Caretas.

 

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